Muchos gustamos de la lucha libre en este país porque es una forma de entretenimiento que es, hasta cierto punto, barata, entretenida y donde uno puede ir a hacer catarsis de una forma considerablemente fácil. A mí, en lo personal, me gusta por la magia que encierran las máscaras de los luchadores. Tanto así, que tengo una pequeña colección.
¿Qué es esa magia que encierra la máscara? ¿Por qué coleccionarlas? Yo respeto opiniones y "filias y fobias" (como diría mi profesor Jacobo Casillas), pero en lo personal me encantan por la forma en que pueden conferir una especie de doble vida a quien la porta (y obviamente se dedica al deporte de los "costalazos", ¿si no, qué caso tiene?).
El Santo puede haberse llamado Rodolfo Guzmán Huerta pero eso no lo supimos muchos sino hasta el 5 de febrero de 1984 en que falleciera. Sin la máscara, rara era la persona que lo reconocía, como más raros eran (y algunos son, pues muchos viven aún) los que convivían con él día a día sin la incógnita. Lo mismo ocurre con la gran mayoría de los luchadores hoy día, aunque hay algunos que ya no valoran como antes tanto el trabajo del mascarero, como el valor del misterio de su tapa.
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